domingo, 29 de noviembre de 2009

LXIX - Interludio: Aquello de lo que no hablamos

Rémol

Lemgedith me tiende los caramelos con esa sonrisa fría y extraña, falsa, achispada por un brillo curioso. Detrás suya, Erithelain, el sacerdote, me mira con una expresión mucho más reconocible. El resplandor centelleante de los celos y la frustración.

- ¿Y ésto? - pregunto, cogiendo los dulces y arqueando la ceja con cierta altanería.

Estamos sentados en la taberna, con los pies estirados sobre la alfombra, bebiendo bourbon y hablando de nuestras cosas. El Arconte ha entrado seguido de su perrito faldero, ese sacerdote afeminado y lánguido que, según lo que he podido descubrir, bebe los vientos por él. No sé si ha conseguido ya llevárselo al huerto, y no es que me importe, pero sé que al meapilas le molesta que su muerto me sonría y me ofrezca tributos de chucherías. Lo disfruto maliciosamente, mirando al joven renegado con semblante de rey satisfecho con sus vasallos.

- Vos disfrutáis aun de los placeres de la vida, pensé que os gustaría.

Qué galante, ¿verdad?
Oh si. Consideraré estos caramelos como un sacrificio digno.


Desenvuelvo una chocolatina, asintiendo levemente, y le doy un mordisco, sin apartar la mirada del Arconte. Cuando la galleta cruje entre mis dientes, me parece que su único ojo me observa con cierta fascinación disimulada.

- Siempre me he preguntado qué llevas debajo... del parche - comento, masticando la golosina.
- No creo que de verdad queráis saberlo.

Lemgedith toma asiento frente a nosotros, y el sacerdote nos mira a todos alternativamente, antes de sentarse junto a él, bajando la vista con cierta decepción. Sé que se siente desplazado y fuera de lugar, y que le irrita la escasa atención del Arconte. Más aún cuando, la poca que presta a los vivos, se vuelca ahora sobre mi, el paladín engreído que amenaza con enjaular a su pájaro. Vale, soy un cabrón, pero me divierto con esto.

- Oh, sí que quiero. Me interesa ver todo lo que tapas.
- ¿Todo?
- Absolutamente.

Theron levanta los pies y me los pone sobre las piernas, en un gesto algo brusco. Destinado a molestarme, sin duda, pero no le hago el menor caso ahora.

- ¿Viajaréis al norte? - pregunta repentinamente Erithelain, tratando de desviar la conversación, mientras el Arconte y yo nos medimos, mirándonos fijamente. O al menos eso es para mí, un pulso.
- Claro que viajaremos al norte - dice Theron, rebuscando en la faltriquera la pipa y llenándola con algo de olor almizclado y que me provoca un estremecimiento de repugnancia cuando la enciende.
- ¿Y tu, Arconte? ¿Vas a unirte a la ofensiva en Rasganorte o te quedarás aquí?
- Aún no lo sé - replica, inmóvil, inexpresivo. - ¿Es de vuestro interés?
- Claro que lo es. Me gusta preveer nuestros encuentros, suelen ser muy estimulantes.
- La muerte me priva de todo estímulo, pero me alegro que lo sean para vos.

Erithelain aprieta los dedos sobre la toga, y Renée mira alrededor, desdeñosa, alejándose unos pasos. No le gustan las conversaciones banales, menos aún las que solemos protagonizar con el caballero entre los muros del Mesón la Horca.

- Hasta para los muertos hay estímulos. Si no, no caminaríais entre nosotros - replico, dando otro mordisco a la chocolatina. El ojo del Arconte destella de nuevo y se pasa la lengua por los labios.
- Todo depende de lo que uno quiera mostrar a los demás. Yo conozco muchos juegos, y sé usarlos.
- ¿Eres buen jugador, Lemgedith?
- Lo intento - de nuevo la sonrisa vacua.

¿Estás flirteando?

Theron aspira una calada con fuerza y me suelta el humo en la cara. La vaharada picante y agria inunda mis fosas nasales, despertándome un rechazo inmediato. Molesto, vuelvo el rostro hacia él con cierta hostilidad, y los ojos glaucos, encendidos, me atraviesan con una mirada burlona y algo más, un matiz que no consigo captar.

No estoy flirteando, capullo. Y deja de molestarme.
Estás flirteando. Admítelo
Esto no es un coqueteo adolescente, chaval, es un pulso, ¿entiendes?


- Me pregunto cómo acabará la partida - prosigo, tornando de nuevo la atención hacia el Arconte.

Erithelain mantiene la cabeza baja, de cuando en cuando nos observa disimuladamente con los labios apretados.

- Es más "estimulante" cuando las cartas no se descubren, ¿no es así?
- Sin duda, lo es. Yo juego con ellas boca arriba - replico, sonriendo a medias y lamiéndome los dedos.
- Y sin embargo, eso os expone. ¿No os asusta?
- ¿Por qué debería asustarme? - sonrío con malicia, pasándole un trozo de chocolate al brujo. Theron se lo lleva a la boca, observando a Lemgedith con algo que se me antoja un destello triunfal. - Se expone quien puede. Y sin embargo, tú mantienes tus cartas boca abajo. Quizá tengas miedo tú.
- Estoy muerto, ¿qué podría temer?
- Eso me pregunto yo.

Un hormigueo de excitación me recorre la columna cuando compruebo que el joven Perro de Sylvanas ha mudado su semblante con una nota mucho más severa, algo tensa. El humo de la pipa del brujo vuelve a golpearme el rostro, sus talones se clavan en mis piernas. Aparto las botas de mi regazo con un golpe seco, y la mirada verde me atraviesa con desdén infinito.

Para ti es un pulso, para él es un coqueteo. Mírale, es penoso
A mi no me lo parece
Deja de buscar un rival digno donde no lo hay
Me da igual si es digno o no, solo quiero aplastarle y que asuma su lugar.
Espero que no le de por revolverse y subírsete a la espalda. En todos los sentidos.


El comentario mental de Theron aumenta mi irritación. Afortunadamente, el Arconte considera que ha sido suficiente, y se marcha, seguido de su vasallo, quien me dedica una última mirada de celos. Le guiño un ojo, sonriendo con suficiencia, y chasqueo los dientes un par de veces en su dirección. El elfo corre detrás de su objeto de deseo, huyendo de mi ademán depredador.

- Nadie va a subírseme a ninguna parte - espeto secamente, cuando desaparecen, y le arranco la pipa de la boca al brujo, tirándola a una esquina. - Que sea la última vez que me echas esta porquería a la cara. A mi nadie se me sube a ningún sitio, ¿te enteras?

Arquea la ceja, desdeñoso, y se levanta para recogerla. Cuando vuelve, me escupe una nueva nube de humo sobre el rostro, con una sonrisa maliciosa. Lo que me faltaba. El brujo se me chotea.

Arrugo el entrecejo y le sujeto por la muñeca para que no pueda seguir fumando esa guarrada. Estoy seguro de que sólo lo está haciendo por joderme. Mierda. No entiendo esa manía con molestarme de cuando en cuando y poner a prueba mi paciencia.

- Alguna vez tendrá que ser la primera.
- No habrá primera ni segunda. Déjalo ya.
- Alguna vez bajarás la guardia.

Meneo la cabeza y le suelto la mano. La tensión empieza a acumularse en mis músculos, la tormenta en mi estómago, y empiezo a temer las consecuencias de esto. De esto de lo que no hablamos nunca, de esto que sé que viene, se acerca a largas zancadas, y no sé donde meterme para huir de ello, porque me está desafiando. Me desafía.

- ¿No sabes donde están los límites? - le susurro, casi dolido - Parece mentira que no te hagas ya una idea
- Sólo estoy jugando

El intercambio de provocaciones con el Arconte minutos antes pasa a un segundo plano. Ahora todo lo que importa es afianzar las cadenas, evitar que vuelva a salir lo que sé que ha despertado dentro con el desafío del brujo. El mesón está desierto, y sé que mi única escapatoria es marcharme.

- ¿Por qué coño no hay nadie? - pregunto - ¿Dónde están los demás?

Le escucho reírse de mi tribulación, lo cual no ayuda. Las cadenas se tensan en mi interior, con el orgullo herido.

- Te torturas demasiado – dice con suavidad y un toque de burla.
- Igual es eso – respondo inexpresivamente.

Hemos tenido esta conversación otras veces.

Se agita en mis entrañas. El hambre. La ira. La tormenta. El oso.

- Eres absurdo.
- Ya basta - Mi voz es grave, seca y tajante. El ceño fruncido, la espalda en tensión. Le estoy enviando un mensaje claro. Déjalo ya.

Me arroja los guanteletes una y otra vez, y me contengo, me contengo. ¿Es que no comprende que no quiero hacerle daño? Nunca llegaré a entender por qué hace esto. Quizá es una manera retorcida y maliciosa de putearme, porque los dos sabemos que este camino sólo lleva a un fin, y que a ese fin le siguen los remordimientos atroces y el silencio.

Aquello de lo que no hablamos es algo que creo que ninguno entendemos. Pero que nos libera unos instantes para luego ahogarme a mí y desampararle a él. Aquello de lo que no hablamos es algo que sucede a veces, cuando se rompen esas tensas sujecciones que mantengo dentro de mi y me llevan a convertirme en el monstruo despreciable que tanto odio.

- Sigues teniendo miedo de ti mismo.
- Si, lo tengo. Y el problema es que tú no lo tienes.
- Puedes controlarlo todo, ¿qué es lo que temes?

Se niega a comprender la advertencia, todo lo contrario. Le espolea más. Maldito sea, ¿por qué nos hace esto? No quiero permitirlo. No voy a permitirlo. Pero el muy cabrón conoce las cuerdas para pulsar, y yo ahora tengo dos opciones. Marcharme ahora, sin perder un minuto más, o dejar que recoja los frutos de lo que siembra. Retribución.

- Si puedes tomarlo, es que es tuyo, ¿verdad? - insiste

Él se lo ha buscado
Hambre. Retribución. Martillo de Justicia.

Ahora ya no oigo nada, la voz que me canta lo que es correcto cuando me parece estar jodiéndola hasta el fondo, siempre se calla en estas ocasiones. Solo el fragor de la tormenta resuena, mientras Aquello de lo que No Hablamos tiene lugar. Le arrastro, inconsciente, hasta el exterior, le arrojo entre los árboles, cerca del lago, fuera de la vista de ojos indiscretos. Me escupe y le golpeo, y me alzo, rugiente, para imponerme a aquello que me reta y ocupar el lugar que me corresponde, marcar los límites y poner jodido, puto orden de una vez.

- ¡Cabrón! ¡Suéltame, cabrón!

La sangre infecta corre entre mis dientes, mis manos apresan las extremidades de la víctima, pasan las imágenes ante mis ojos ciegos mientras el Oso me arranca las cadenas, pierdo las riendas y la tormenta se desata. Compañeros de armas. Amigos, camaradas. Nos veo combatiendo codo con codo, nos veo recorriendo los mundos, combatiendo por lo que es correcto, compartiendo un vínculo estrecho que no entendemos, igual que no entiendo esto. Esto no se le hace a los amigos. Pero el oso no necesita entender. Se conduce como la situación requiere, y ahora da cuenta de lo que debe, mientras yo me quedo atrás, perplejo, rechinando los dientes y llevándome las manos a la cara porque no puedo detener lo inevitable. Y porque no comprendo por qué no lo detiene él. "Párame", quiero gritarle. "Puedes hacerlo, detenme, joder". Convertido en mero espectador, le oigo chillar, le veo debatirse entre las garras del depredador.

- ¡Hijo de puta, suéltame! ¡Basta! ¡Cabronazo! ¡No!

Y deja de chillar. Y todo transcurre, las fuerzas tiran de nosotros y nos absorben en el torbellino giratorio de una gravedad universal que se escapa al conocimiento de simples mortales como nosotros. Sólo puedo abandonarme. Yo no puedo evitarlo. Él no puede pararlo, y además, lo ha provocado.

Aquello de lo que No Hablamos, no sé lo que es. Es un intercambio y es una batalla. Es una guerra que se convierte en una extraña paz, cuando el brujo se rinde y el oso ruge, algo tiembla dentro y me veo a través de sus ojos. Aquello de lo que No Hablamos hace que todo deje de importar por un momento. Detesto el camino de ida y el camino de regreso que tienen lugar antes y después de ese momento, cuando el universo parece detenerse y me embarga una extraña sensación de plenitud, aderezada por un poso de nostalgia. Es entonces cuando me aferro a la carne lacerada por mi mano, castigada por las fauces del oso, y el cuerpo destrozado bajo el mío se aferra a mí como si no tuviéramos ningún otro asidero.

No me sueltes
No me sueltes


Porque Aquello de lo que No Hablamos, aunque sea horrible, también es un alivio. Cuando estalla, arrasa todas nuestras preocupaciones, devora el miedo y hace que las heridas dejen de doler. Es un refugio al que se accede por senderos abruptos, y no entiendo una puta mierda. Pero cuando caigo exhausto y casi inconsciente, el destello de una certeza sobrevuela mi pensamiento por un instante fugaz.

Hay cosas que se reconocen en el silencio. Hay cosas que no se entienden si no se experimentan, que no pueden ser explicadas con palabras, etiquetadas ni contenidas en algo tan vano como el lenguaje. Se recitan con el idioma de la inevitabilidad, con los gestos y las sensaciones intensas y contradictorias que caen sobre la razón, anegándola hasta hacerla desaparecer. Y esto de lo que no hablamos, sea maldición o bendición, a mi pesar sé que es inevitable.

Cuando recupero el sentido sobre la hierba aplastada, bajo la caricia helada de la brisa, mi amigo, mi compañero de armas, mi brujo, aún está encogido con los ojos cerrados. Su mente es un espacio en blanco de paz, calma y armonía. Me permito maldecir entre dientes un momento y le echo la capa por encima, acogiéndole entre los brazos para regalarle algo de calor. Se pega a mi cuerpo, mascullando algo en sueños, y suspira.

Aprieto los dientes y miro las briznas de hierba, que ahora me parecen irreales y extrañas. En la quietud de la noche, intento no pensar, hasta que el sueño me lleve y deje de hacerme preguntas que no consigo responder.

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